Algunas palabras de Don Durito de la Lacandona para analizar la situación política

Espejo cuarto
CAPÍTULO 4
Que manda, a través del mar de oriente, un saludo a los hombres y mujeres que, en Europa, descubrieron que comparten con nosotros el mismo padecimiento: la enfermedad de la esperanza.
INSTRUCCIONES PARA VER EL CUARTO ESPEJO:
Busque un espejo cualquiera, colóquelo frente a usted y asuma una posición cómoda. Respire hondo. Cierre los ojos y repita tres veces:
«Soy lo que soy, un poco, lo que puedo ser.
El espejo me muestra lo que soy, el cristal lo que puedo ser.»
Hecho lo anterior, abra los ojos y mire el espejo. No, no mire su reflejo. Dirija su mirada hacia abajo, a la izquierda. ¿Ya? Bien, ponga atención y en unos instantes aparecerá otra imagen. Sí, es una marcha: hombres, mujeres, niños y ancianos que vienen del sureste. Sí, es una de las carreteras que llevan a la ciudad de México. ¿Ve usted lo que hay caminando al costado izquierdo de la caravana? ¿Dónde? ¡Ahí abajo, en el suelo! ¡Sí, eso pequeñito y negro! ¿Que qué es? ¡Un escarabajo! Ahora ponga atención, porque ese escarabajo es…
¡Durito IV!
(EL NEOLIBERALISMO Y EL SISTEMA DE PARTIDO DE ESTADO)
Camina Durito a las carreras. Estos tabasqueños, después de tantas jornadas de camino y enfermedades, no parecen cansados. Caminan como si apenas esta mañana hubieran iniciado este Éxodo por la dignidad y la soberanía nacional. Nuevamente, como antes en la voz de los zapatistas, del sureste de México marcha un llamado a toda la Nación. Es el mismo anhelo: democracia, libertad y justicia. En el heroico delirio del sureste mexicano, la esperanza insinúa un nombre: Tachicam, la unidad del anhelo de un futuro mejor. El sueño de un lugar donde el derecho al baile esté garantizado en la Constitución…
Aprovecha Durito un alto en la marcha y, acalorado, busca refugio bajo una matita, Después de un rato, ya recuperado el aliento, saca papel y lapicero. Sobre una piedra, supliendo el pequeño escritorio que dejó en la selva. Durito escribe una carta. ¡Ande! ¡No tema! Asómese por encima del hombro de Durito y lea:
Ejército Zapatista de Liberación Nacional México
México, mayo de 1995
Al Señor Tal y Tal
Profesor e investigador
Universidad Nacional Autónoma de México
México, D.F.
De: Don Durito de La Lacandona
Caballero Andante de quien el Sup-Marcos es escudero
Señor:
Tal vez le parezca extraño que yo, un escarabajo que se desempeño en la noble profesión de los caballeros andantes, le escriba a usted. No se angustie ni vaya al psicoanalista, que yo te explicaré presto y súbito. Resulta que usted le propuso al Sup que escribiera un artículo para un libro (o algo así) sobre La Transición a la Democracia. El libro (o lo que fuera) sería editado por la UNAM (lo que casi es una garantía de que no lo leerá nadie, más si se toman en cuenta la crisis de la industria editorial y el aumento en el costo del papel). El trato era que la desorbitada cantidad de N$ 1,000.00 (Un mil nuevos pesos), que paga la UNAM por la «colaboración» escrita fuera entregado, en su equivalente en dólares o en liras italianas, a los obreros de la FIAT en Turín. Nos hemos enterado, también, de que los obreros italianos de COBAS han recibido ya la cantidad referida como solidaridad de los zapatistas a la causa obrera europea. Usted ha cumplido, los obreros de la FIAT han cumplido, y aquí el único que está quedando mal es el Sup porque clarito me acuerdo que la fecha límite de entrega y nada que escribía el Sup. Se llegó enero de 1995 y el Sup andaba con sus ingenuidades de que el gobierno sí estaba dispuesto al diálogo, por eso en enero tampoco escribió el encargo. El febrero de la traición lo volvió a la razón y lo puso a correr (al Sup) hasta que llegó a mi vera. Repuesto del desengaño, me contó lo que su compromiso sobre el artículo y me pidió que lo ayudara en tan grave predicamento. Yo, senor mío, soy un caballero andante, y los caballeros andantes no podemos dejar de socorrer al necesitado, por más narizón y delincuente que sea el desvalido en cuestión. Así que acepté de buen grado otorgar la ayuda que se me demandaba y por eso le escribo yo y no el Sup. Claro que usted se preguntará por qué, si la encomienda la recibí en febrero, le estoy escribiendo hasta mayo. Bueno recuerde usted que, como bien señaló un periodista, ésta es la «rebelión de los colgados».
Además debo advertir que yo escribo muuuy en serio y muuuy formal, así que no espere encontrar en mi estilo de redacción esas irreverencias y bromas del Sup que tanto escandalizan a los delegados gubernamentales. Por eso me tardé. No se sulfure, pudo haber sido peor, pudo usted tener que esperar a que el Sup pudiera escribirle algún día. Pero no vale la plena arriesgarse a esperar tan improbable jornada, así que aquí le mando este rollo donde va el tema que propuse y que, si mal no recuerdo, se titula…

I. La transición a la democracia según los zapatistas
Alguien querrá poner «según los Neo-zapatistas», pero, como ya explicó el viejo Antonio en La Historia de las Preguntas, acá los zapatistas de 1994 y los de 1910 son los mismos.
Procederé a exponer nuestra concepción de lo que significa la situación política actual, la democracia, y el tránsito entre la una y la otra.
I. LA SITUACIÓN POLÍTICA ACTUAL: EL SISTEMA DE PARTIDO DE ESTADO, PRINCIPAL OBSTÁCULO PARA EL TRÁNSITO A LA DEMOCRACIA EN MÉXICO
En el México de hoy nos encontramos con una deformación estructural que atraviesa todo el espectro de la sociedad mexicana, tanto en lo que se refiere a las clases sociales, como a los aspectos económicos y políticos, e incluso a su «organización» geográfica urbana y rural. Esta «deformación», en realidad una consecuencia del capitalismo salvaje mundial de finales del siglo XX, se enmascara en lo que se llama «neoliberalismo» y finca todo su desarrollo en la permanencia y agudización de dicha deformación. Cualquier intento de «equilibrar» esa deformación desde el Poder mismo es imposible y no pasa de ser demagogia barata (Procampo) o el intento más acabado de control fascista a nivel nacional: el Programa Nacional de Solidaridad. Con esto queremos decir que el «desequilibrio» social en México no es producto de un exceso o un problema de ajuste presupuestario. Es la esencia misma del sistema de dominación, es lo que lo hace posible. Sin este desequilibrio, el sistema entero se derrumbaría.
No nos referiremos a las «deformaciones» económicas y sociales, y sólo lo haremos a las políticas de forma muy apresurada:
El sistema político mexicano tiene su fundamento histórico, su crisis presente y su mortal futuro, en esa deformación llamada «sistema de partido de Estado». No se trata sólo de una maridaje entre el gobierno y el partido de Estado (el Partido Revolucionario Institucional), sino de todo una sistema de relaciones políticas, económicas y sociales que invaden, incluso, a las organizaciones políticas opositoras y a la llamada «sociedad civil».
Cualquier intento de equilibrio de las fuerzas políticas, dentro de este sistema, no deja de ser, en el mejor de los casos, un buen deseo que anima a los sectores democratizadores dentro del PRI y a algunos miembros de la oposición. La única forma en que este sistema político sobrevive, hasta ahora, es por el mantenimiento de ese brutal desequilibrio que pone, de un lado, toda la fuerza del aparato gubernamental, el sistema represivo, los medios masivos de comunicación, el gran capital y el clero reaccionario del lado del emblema del PRI, y del otro lado una oposición fragmentada y enfrentada, prioritariamente, a sí misma. En medio o, mejor aún, al margen de estos extremos de la complicada balanza organizativa del sistema político mexicano, están las grandes mayorías, el pueblo de México. Ambas fuerzas, el sistema de partido de Estado y la oposición organizada, apuestan a ese tercer actor que es el pueblo mexicano, a su ausencia o a su presencia, a su apatía o a su movilización. Para inmovilizarla se mueven todos los mecanismos del sistema, para moverla se empeñan las propuestas políticas de la oposición (legal o ilegal, abierta o clandestina).
Cualquier intento de equilibrar este desbalance dentro del sistema es imposible. El equilibrio significa la muerte del sistema político mexicano consolidado desde hace más de 60 años. Dentro de las «reglas de juego» del sistema no es posible acceder siquiera, no ya a un nuevo modelo de organización social más justo, sino también a un sistema de partidos. Así como el sueño del libre juego de la oferta y la demanda no se puede hacer realidad en un sistema económico cada vez más dominado por los monopolios, el libre juego político de partidos no puede ser realidad en un sistema basado en el monopolio de la política: el sistema de partido de Estado.
Permítame usted que este punto quede así señalado (es decir, señalando un problema y no una solución). Permítame posponer, para una luna improbable, la continuación de su explicación. Sobre una caracterización más profunda del sistema de partido de Estado puede usted recurrir a análisis más brillantes y contundentes (dicho sea sin sarcasmos) de excelentes analistas. Nosotros sólo señalamos una diferencia respecto a otras posiciones que, es probable, se presentarán en este libro que usted prepara, a saber: que cualquier intento de «reforma» o «equilibrio» de esta deformación es imposible DESDE DENTRO DEL SISTEMA DE PARTIDO DE ESTADO. No hay «cambio sin ruptura». Es necesario un cambio profundo, radical, de todas las relaciones sociales en el México de hoy. ES NECESARIA UNA REVOLUCIÓN, una nueva revolución. Esta revolución sólo será posible desde fuera del sistema de partido de Estado.

II. LA DEMOCRACIA, LA LIBERTAD Y LA JUSTICIA, BASE DE UN NUEVO SISTEMA POLÍTICO EN MÉXICO
El tríptico Democracia-Libertad-Justicia es la base de las demandas del EZLN, incluso dentro de su fundamento mayoritariamente indígena. No es posible uno sin los otros. Tampoco se trata de cuál primero (trampa de la ideología que nos susurra al oído: «Pospongamos la democracia, primero la justicia»). Más bien de los énfasis, o de las jerarquías de articulación, de las dominancias de uno de los elementos en los distintos tiempos históricos (algo precipitados en el año de 1994 y en lo que va de este 1995).
Me referiré ahora a esto de una REVOLUCIÓN en lo que señalamos en una carta a los medios de comunicación el 20 de enero de 1994, cuando las fuerzas gubernamentales apretaban más el cerco sobre nuestras tropas y el grupo de mando era «cazado» por unidades comando del ejército federal. Decíamos entonces:
«Nosotros pensamos que el cambio revolucionario en México no será producto de la acción en un solo sentido. Es decir, no será, en sentido estricto, una revolución armada o una revolución pacífica. Será, primordialmente, una revolución que resulte de la lucha en variados frentes sociales, con muchos métodos, bajo diferentes formas sociales, con grados diversos de compromiso y participación. Y su resultado será, no el de un partido, organización o alianza de organizaciones triunfante con su propuesta social específica, sino una suerte de espacio democrático de resolución de la confrontación entre diversas propuestas políticas. Este espacio democrático de resolución tendrá tres premisas fundamentales que son inseparables, ya, históricamente: la democracia para decidir la propuesta social dominante, la libertad para suscribir una u otra propuesta y la justicia a la que todas las propuestas deberán ceñirse» (20 de enero de 1994).
Tres señalamientos en un solo párrafo, tres señalamientos densos como pozol agrio. El estilo del Sup: oscuridad conceptual, ideas difíciles de entender y peores de digerir. Pero yo me permitiré desarrollar lo que él dejó apenas delineado. Se trata, pues, de tres señalamientos que contienen toda una concepción sobre la revolución (con minúsculas, para evitar polémicas con las múltiples vanguardias y salvaguardas de «LA REVOLUCION»):
El primero se refiere al carácter del cambio revolucionario, de este cambio revolucionario. Se trata de un carácter que incorpora métodos diferentes, frentes diversos, formas variadas y distintos grados de compromiso y de participación. Esto significa que todos los métodos tienen su lugar, que todos los frentes de lucha son necesarios, y que todos los grados de participación son importantes. Se trata, pues, de una concepción incluyente, antivanguardista y colectiva. El problema de la revolución (ojo con las minúsculas) pasa de ser un problema de LA organización, de EL método, y de EL caudillo (ojo con las mayúsculas), a convertirse en un problema que atañe a todos los que ven esa revolución como necesaria y posible, y en cuya realización todos son importantes.
El segundo se refiere al objetivo y al resultado de esa revolución. No se trata de la conquista del Poder o de la implantación (por vías pacíficas o violentas) de un nuevo sistema social, sino de algo anterior a una y a otra. Se trata de lograr construir la antesala del mundo nuevo, un espacio donde, con igualdad de derechos y obligaciones, las distintas fuerzas políticas se «disputen» el apoyo de la mayoría de la sociedad. ¿Confirma esto la hipótesis de que los zapatistas son «reformistas armados»? Pensamos que no. Nosotros sólo señalamos que una revolución «impuesta», sin el aval de las mayorías, termina por volverse contra sí misma. Ya sé que esto da para páginas, pero como ésta es sólo una carta, sólo estoy haciendo señalamientos para desarrollar en otras ocasiones o para provocar el debate y la discusión (que parece ser la «especialidad de la casa» de los zapatistas).
El tercero trata de las características no ya de la revolución, sino de su resultado. El espacio resultante, las nuevas relaciones políticas, deberán cumplir con tres condiciones: la democracia, la libertad y la justicia.
En suma, no estamos proponiendo una revolución ortodoxa, sino algo mucho más difícil: una revolución que haga posible la revolución…
III. ¿UN AMPLIO FRENTE OPOSITOR?
La fragmentación de las fuerzas que se le oponen le permite al sistema de partido de Estado no sólo el resistir los ataques, también la cooptación y mediatización de esa oposición. La principal preocupación del sistema de partido de Estado no es la radicalidad de las fuerzas que se le oponen, sino su eventual unidad. La parcelación de las fuerzas políticas en contra del régimen le permiten al sistema de partido de Estado el negociar o «pelear» la conquista de las «islas» políticas que se forman en la oposición. Aplican una ley de guerra, la «economía de fuerzas»: a un enemigo disperso en pequeños núcleos se le golpea concentrando fuerzas sobre cada núcleo, aislándolo de los otros. Estos núcleos opositores no se reconocen a sí mismos como frente a UN enemigo sino como frente a VARIOS enemigos, es decir, ponen especial énfasis en lo que los hace diferentes (sus propuestas políticas) y no en lo que los hace iguales (el enemigo que enfrentan: el sistema de partido de Estado). Claro que aquí nos referimos a la oposición honesta, no a las marionetas. Esta dispersión de fuerzas opositoras permite concentrar las fuerzas del sistema para «sitiar» y vencer (o anular) cada «isla».
La unidad de esa «isla» representaría un serio problema para el sistema de partido de Estado, pero no bastaría por sí misma (la unidad) para ver derrotado al régimen. Seguiría faltando la presencia y actuación del «tercer elemento»: el pueblo mexicano. Sí, así con minúsculas, evitando su definición y su sacralización. ¿Tiene este «tercer elemento» una característica definida de clase social? Sí, pero no es la que «salta» en primera instancia. Lo que prevalece es su escepticismo y desconfianza frente a la política, es decir, frente a las organizaciones políticas. Queremos decir con esto que, diciendo «pueblo mexicano», señalamos un problema y no una solución. Problema sí, y también una realidad que se presenta con una obstinación que supera los esquemas teóricos, por un lado, y los controles corporativos, por el otro.
La unidad de las «islas» encuentra multitud de obstáculos. Uno, no el único pero sí uno importante, es la diferencia sobre el carácter de esa unidad. Una unidad de clases explotadas o de organizaciones de clases explotadas, versus una unidad pluriclasista. De aquí vienen las subdivisiones.
¿Es posible una construcción paralela de ambos frentes o uno se contrapone al otro? Nosotros pensamos que sí es posible, que no se contraponen. Pero, en todo caso, lo mejor es preguntarle al tercer espejo, al que va a ser «liberado» o «redimido». Preguntar, responder. Hablar, escuchar. Un diálogo, pues. Un diálogo nacional…
(Fin del artículo y compromiso cumplido.)
Es todo, señor. Estoy seguro de que mi estilo literario sí merece estar impreso bajo el lema de «Por mi raza hablará el rock», y no como el de mi escudero que, aunque es leal y honesto, tiende mucho a ver la vida como si fuera un juego entre cristales y espejos…
Vale. Salud y ¡ánimo!, el cristal queda nomás ahí. Sólo falta encontrarlo…
Desde el kilómetro no sé cuánto de no sé cuál carretera, pero estamos, eso sí, en México.
Don Durito de La Lacandona
II. El día por venir

EL CRISTAL PARA VER DEL OTRO LADO
México, febrero-mayo de 1995
Tallado por el lado inverso, un espejo deja de ser espejo y se convierte en cristal. Y los espejos son para ver de este lado y los cristales son para ver lo que hay del otro lado.
Los espejos son para tallarlos.
Los cristales son para romperlos… y cruzar al otro lado…
Desde las montañas del Sureste Mexicano.
Subcomandante Insurgente Marcos.
P.D. que, imagen de lo real e imaginario, busca, entre tanto espejo, un cristal para romper.